El sentimiento de tragedia e insatisfacción de cara al presente, la sensación de enajenación y de decadencia de nuestras vidas y de las que nos rodean, no es un rasgo distintivo de nuestros tiempos, se podría afirmar lo mismo de multitud de sociedades y momentos en la historia. Lo que quizás sí que nos ha hecho diferentes ha sido cómo hemos arrastrado el espíritu del pesimismo y la frustración hasta la sociedad que, en principio, habría proporcionado el mayor bienestar material de todos los tiempos. Cuando el coche particular, la televisión, las urbanizaciones de chalés monofamiliares, los electrodomésticos y la radio se expandieron por las vidas de los ciudadanos corrientes de los Estados Unidos a partir de los años 50, se dio quizás el primer ensayo de lo que todavía se creía que debía ser el entorno perfecto para el desarrollo de la felicidad humana. En estos espacios, en principio idílicos, se desarrolla la tragedia de Carver. La nueva clase media, que tiene acceso por primera vez a todas la facilidades materiales que se le antoje, está más hundida que nunca en un sentimiento profundo de vacío, de insatisfacción, de muerte.

En las historias de Carver los ancianos se enfurecen angustiados por perder injustamente al bingo, los amigos deciden acabar su acampada antes de reportar un cadáver que se encontraron en el río. Las parejas se gritan y se insultan, la violencia doméstica brota del abuso del alcohol y el fracaso de la comunicación, la segregación racial y los ambientes viciados de las pequeñas comunidades rellenan de odio y rencor las vidas de sus habitantes. Frustrados, caprichosos o puede que engañados por el sueño capitalista, los personajes insatisfechos no pueden dar respuesta a su anhelo de amor y reconocimiento. Por más que las distancias se acorten, las vidas se alarguen, las experiencias se acomoden y los placeres materiales se satisfagan, hay algo que impide a la nueva sociedad dar respuesta a la pregunta que encabeza este libro. ¿Es la exigencia por una conexión emocional verdadera un deseo inventado más, un antojo ilegítimo que viene a cubrir el hueco que habría dejado la comodidad material, como si fuera parte de la condición humana la frustración y la imposibilidad de una satisfacción plena? ¿O de verdad existe una demanda justa que nos hemos equivocado en tratar de suplir con coches lustrosos y casas gigantes? En el fondo no podemos dejar de admitir que, por más que escribamos y reflexionemos sobre ello, no podemos decir que sabemos de qué estamos hablando.

738_raymond-carver-c-bob-adelman_corbis